“Ser sal, ser luz”

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 08/02/2020 - 11:41am
Edicion
459
P. Héctor De los Rios L.
 

VIDA NUEVA

 

Evangelio:  San Mateo 5, 13-16: «Ustedes son la sal de la tierra... Ustedes son la luz del mundo»

Este domingo el Señor nos ofrece una misión a realizar: ser como la sal y como la luz en medio del mundo.

Un cristiano: en su familia, en su trabajo, en su ambiente, tiene que dar «gusto y sabor» a la existencia humana y a la vida. Al mismo tiempo, tenemos que ser como «una Luz» que ilumine y oriente el camino hacia Dios.

Exigencia de acción

El estado de salvación prometido por Dios («sal», «luz») es a la vez una incitación a la acción. Con una finalidad teologal: hay pocos textos en el NT donde el honor de Dios sea tan claramente el hito de toda la acción cristiana. Aquí se designa a Dios, por primera vez en el evangelio de Mateo, como «su Padre que está en los cielos».

Merece nuestra atención, ya que la designación de Dios como «Padre» reviste una extraordinaria importancia en el sermón de la montaña: define su centro, esa parte donde Mateo presenta la relación con el Padre como la vertiente «interna» del camino cristiano hacia la perfección. Nuestro pasaje apunta así a este punto central, sobre todo a la dimensión de la plegaria.

Una misión ante el mundo

Nuestra vida cristiana es un compromiso no sólo para nuestra intimidad personal. Tenemos una misión ante el mundo. El Señor ha querido depositarla en nuestras frágiles manos. La verdadera Luz y la verdadera Sal que el hombre de hoy necesita es Cristo mismo. Nosotros no somos más que portadores de esa Luz y de esa Sal. Tenemos que empezar por dejarnos iluminar con esa Luz, y dejarnos penetrar del sabor incomparable de esa Sal. El mundo no sólo espera de nosotros palabras sino que nos pide ante todo testimonio de vida, ser testigos creíbles del evangelio de Jesús.

El mundo que tenemos que iluminar y al que debemos darle este sabor propio del evangelio es el mundo en que vivimos, espacioso o reducido. Es allí a donde el Señor nos envía para que a través de nuestra manera de vivir y de servir podamos comunicar el poder salvador del Señor.

Nuestro compromiso hoy

Cada cristiano es llamado, no sólo a vivir él en la luz, a ser «hijo de la luz», sino también a ser luz para los demás. Una familia cristiana puede ser luz y sal para otras familias de la misma escalera o para los compañeros de trabajo. Que sea conocida porque «siempre van a Misa», pero también, porque «siempre están dispuestos a ayudar a los demás».

A veces, dice el Señor, la sal se vuelve «sosa». Cuando escondo mi fe, cuando tengo miedo de mostrar mi criterio cristiano, cuando no doy testimonio de mi esperanza, estoy siendo «sal sosa, sin sustancia, simple y pura apariencia». Cuando no solamente buscamos «nuestro bien» o «nuestra salvación» sino que ofrecemos nuestra búsqueda a los demás o presentamos el gozo de estar viviendo el Evangelio de Jesús, estamos siendo luz para los demás. No olvidemos lo que nos dice el Señor: que la sal no se vuelva sosa en nosotros, y que la luz no se encienda para esconderla.

Relación con la Eucaristía

La Eucaristía es motor de nuestra vida. Sí, un cristiano es sal y luz. Pero corre el peligro que corren la sal y la luz, según Jesús. La sal a veces se desvirtúa, se echa a perder y ella misma se vuelve «insípida» (el término griego indica «necia») y entonces ¿para qué sirve? Y si la luz o la lámpara se esconde, ¿a quién aprovecha? En la Eucaristía tenemos la mejor fuente de la sabiduría, de la luz y de la sal, para que después, en la vida, podamos ser eso mismo para los demás.

 

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