La promesa del envío del Espíritu

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 16/05/2020 - 11:45am
Edicion
473
P. Héctor De los Rios L.
 

VIDA NUEVA

 

Evangelio: San Juan. 14,15-21: «Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor»

El Espíritu nos ayuda a seguir viviendo la Pascua. Después de cinco semanas de Pascua, y cuando quedan dos para Pentecostés, parece como si la oración de este Domingo quisiera asegurarse de que no decaiga el tono y el ritmo de la fiesta, porque pide a Dios que nos conceda «continuar celebrando con fervor estos días de alegría en honor de Cristo resucitado».

Siete semanas son un período que se puede hacer largo para una fiesta. Pero es tan importante la Pascua, el corazón de todo el año, que vale la pena que la vivamos en plenitud. Siempre hay aspectos «nuevos». Hoy aparece en las tres lecturas el protagonismo del Espíritu, que es quien da vida a la comunidad. Estamos a dos semanas de Pentecostés, la conclusión de la Pascua, marcada con la donación del Espíritu a la Iglesia por parte del Resucitado.

También el recuerdo de la Virgen María, tan extendido durante el mes de mayo, puede ayudarnos a dar nuevo aliento a nuestra vivencia de la Pascua y a nuestra espera del Espíritu. Ella, al igual que es nuestra mejor Maestra para vivir el Adviento y la Navidad, lo es también para la Cuaresma, la Pasión, la Pascua y Pentecostés. Estuvo muy presente en todo el misterio de Cristo, y por eso nos enseña a nosotros cómo celebrarlo y vivirlo.

La promesa del Espíritu

a) para recibir el don del Espíritu Santo con efectividad debemos amar a Jesús; amar a Jesús no es un sentimiento, sino es cumplir sus mandamientos, actuando de acuerdo a su modelo. Cuando hacemos esto, el Espíritu de Dios crece en nosotros.

b) recibir el Espíritu Santo y llevar una vida de acuerdo con el Espíritu es tan importante, que Jesús resucitado retiró su presencia física y volvió al Padre, para podernos enviar su Espíritu.

c) el Espíritu Santo es la presencia de Dios en nosotros. Es Jesús trabajándonos y salvándonos «a distancia»; es «el dedo de Dios» que

transforma el mundo y promueve el Reino.

d) por lo tanto el Espíritu Santo es idéntico al Espíritu de Jesús, que es el Espíritu que hemos recibido. No hay varios «espíritus santos»: uno en la Trinidad, otro en Jesús, otro en nosotros, sino un único Espíritu Santo que compartimos con Jesús.

Dar razón de la esperanza

Pedro, en su 1a Carta, dice a los cristianos que estén en todo momento prontos a dar testimonio de la esperanza, con mansedumbre y buena conciencia, dispuestos a sufrir lo que sea, a imitación de Cristo que, para conducirnos a Dios, sufrió la muerte, siendo inocente.

También ahora necesitamos paz y ánimos y alegría. Porque puede haber tormentas o «eclipses» de la presencia de Dios en nuestra vida personal o comunitaria. Sólo desde la convicción de la presencia siempre viva de Cristo Resucitado y de su Espíritu podemos encontrar la clave de la serenidad interior para seguir caminando y trabajando.

Comunión vital

Celebrar la Pascua es algo más que alegrarnos por la resurrección de Jesús. El Resucitado nos invita a una comunión vital: nuestra fe y nuestro amor a él nos introducen en un admirable intercambio de unidad y de amor entre el Padre que le ha enviado, entre él mismo y sus seguidores: «yo estoy con mi Padre, ustedes conmigo y yo con ustedes».

La Pascua la celebramos bien si se nota que vamos entrando en esa comunión de mentalidad, de estilo de actuación con Cristo, el Resucitado. Y eso, no sólo en la Eucaristía, que es el momento privilegiado de nuestra comunión con él, sino también en la vida.

La Pascua tiene que notarse en nuestra conducta. En la oración colecta de hoy le pedimos a Dios que «los misterios que estamos recordando transformen nuestra vida y se manifiesten en nuestras obras». ´- En la Oración después de la comunión, de nuevo, pedimos que, ya que «en la resurrección de Jesucristo nos ha hecho renacer a la vida eterna», Dios nos ayude a que se note en nuestra vida que estamos llenos de esa Pascua: «haz que los sacramentos pascuales den en nosotros fruto abundante y que el sacramento de salvación que acabamos de recibir fortalezca nuestras vidas». Los cristianos que no hemos sido contemporáneos de Jesús tenemos la ocasión de cumplir una de sus últimas bienaventuranzas: «dichosos los que creen sin haber visto».

Pero Jesús pide a los suyos, en la última cena, que lo amen y que cumplan su doctrina, su estilo de vida: «si me aman, guardarán mis mandamientos». Sin el Espíritu no puede vivir la comunidad. Pero hay otro protagonista que nos hace posible esta comunión con el Resucitado: el Espíritu Santo, que fue el mejor don que Jesús hizo a su primera comunidad y nos hace también a nosotros, y del que oiremos hablar mucho en las dos próximas semanas.

Se ve cómo, según la voluntad de Cristo, el protagonista invisible del «tiempo de la Iglesia» va a ser el Espíritu, como se ve continuamente en el libro de los Hechos, por ejemplo en la lectura de hoy, con la imposición de manos de los apóstoles. - El mismo Espíritu que devolvió a la vida a Jesús, como dice Pedro en su carta, es el que reciben los bautizados de Samaría y nosotros en la Confirmación. También ahora es el Espíritu quien da vida a cada cristiano y a toda la comunidad en todos los aspectos: en su oración, en su celebración sacramental, en la evangelización y el ímpetu misionero, en la creación de un mundo más justo, en los signos vivos del amor y de la solidaridad entre todos. El Espíritu es, en verdad, como decimos en el Credo, «Señor y dador de vida».

La Comunidad es protagonista

Mientras que el protagonista visible es la misma Comunidad. Aquella primera comunidad que ha retratado el libro de los Hechos es una Comunidad que se sentía claramente «misionera», «evangelizadora» y «sacramental». A la vez esa comunidad está internamente animada por los ministros. Vamos encontrando en su primera historia, por ejemplo, a los diáconos que evangelizan y bautizan, y a los apóstoles que bajan a Samaría a completar la obra del diácono Felipe e imponen las manos a los bautizados «para que recibieran el Espíritu Santo».

También ahora, si toda la comunidad participa del ministerio evangelizador y santificador de Cristo, el Sumo Sacerdote, esta Comunidad está animada visiblemente por sus ministros, sobre todo los ministros ordenados, que coordinan y presiden toda la labor evangelizadora y fraterna de la Iglesia, con la participación cada vez más activa y responsable de numerosos laicos. Sobre todo, animados todos por el Espíritu, que es como su «alma» y motor interior. La Iglesia es algo más que una empresa o una sociedad. Su razón de ser radica sobre todo en la presencia de Cristo y en la acción vivificadora de su Espíritu.

¿A QUÉ NOS COMPROMETE la PALABRA?

La Palabra de Dios que proclamamos hoy, nos ofrece tres puntos de alegría y de reflexión:

1o. Que la Buena Noticia del Evangelio, respaldada por la resurrección del Señor, se va extendiendo por todas las regiones, incluso por las más reacias a recibir los mensajes de Judea como es la región de Samaría,

2o. que no solamente hemos de vivir la fe entre nosotros mismos sino que hemos de dar «razón de nuestra esperanza» a los demás,

3o. que si decimos que amamos a Dios, es necesario practicar su mandamientos.

La Eucaristía, retrato de una comunidad pascual

En este Tiempo Pascual seguramente estamos celebrando en nuestras comunidades los sacramentos de la iniciación cristiana: el Bautismo, la Confirmación, las primeras Eucaristías. Y, ojalá, muchas Ordenaciones para los ministerios sagrados. Pero siempre, es en nuestra Eucaristía donde se cumplen de un modo sintomático las dimensiones de una auténtica comunidad pascual. Es una comunidad unida a Cristo.

Al igual que en el evangelio de hoy, Jesús nos dice que hay sintonía entre él y nosotros, «yo estoy con mi Padre, ustedes conmigo y yo con ustedes». Antes ya había prometido una «interpermanencia» entre él y los creyentes que participan en la Eucaristía: «quien come mi Carne y bebe mi Sangre, permanece en mí y yo en él... igual que yo vivo por el Padre, el que me coma vivirá por mí» (Jn. 6,56-57).

A la vez, si Jesús promete un Espíritu de la Verdad que «vive con ustedes y está con ustedes», en la Eucaristía es cuando más explícitamente nos acordamos de que estamos vivificados por ese Espíritu de Jesús. El Espíritu «de la verdad» es quien inspiró los libros sagrados de la Biblia que proclamamos, y quien hace que, al escuchar su contenido, brote en nosotros la fe y la fuerza para llevar a nuestra existencia esa Palabra de vida.

El Espíritu de la vida es a quien invoca la Comunidad para que transforme el pan y el vino en la Persona del Resucitado, y para que transforme también a los que participarán comulgando de ese Cuerpo y Sangre de Cristo, en el verdadero Cuerpo eclesial de Cristo: «derrama sobre nosotros el Espíritu del Amor, el Espíritu de tu Hijo: fortalece a tu pueblo con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y renuévanos a todos a su imagen», como dice una Plegaria Eucarística.

Celebrando bien la Eucaristía, como miembros activos de la comunidad eclesial, y movidos por el Espíritu de Jesús, es como mejor seguiremos madurando en la vida pascual de Cristo, para dar luego a nuestra sociedad un ejemplo creíble de alegría y de esperanza.

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