La identidad cristiana: los dos amores

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 24/10/2020 - 9:10pm
Edicion
496
P. Héctor De los Rios L.
 

VIDA NUEVA

Acudimos alegres a la celebración de la Eucaristía en el «Día del Señor». El domingo es un día de descanso. Pero no sería el «día del Señor», si no nos reuniéramos para proclamar nuestra fe y para que, ofreciendo a Dios nuestra acción de gracias y nuestras súplicas, escuchemos su Palabra como Luz que nos vaya orientando en nuestra vida.

El mensaje de la liturgia de este domingo es de la esencia del cristianismo: el amor a Dios y el amor a los demás. Estos «dos amores» constituyen la identidad cristiana. Las lecturas que hoy vamos a proclamar ponen de relieve, con toda su fuerza, que el mandamiento principal para el creyente es «amar a Dios con todo el corazón, con todas las fuerzas; y al prójimo como a nosotros mismos».

A veces somos delicados, y hasta escrupulosos, en detalles pequeños o en aspectos secundarios de nuestra vida cristiana y olvidamos lo principal. Por eso pensemos, reflexivamente, lo que la Palabra de Dios nos expone hoy como base principal de nuestra condición de cristianos.

Desde el comienzo de la Eucaristía pensemos en nuestra actitud personal frente a este primero y principal de los mandamientos. Pedimos perdón a Dios, y a los hermanos, por las veces que hemos quebrantado el mandamiento del amor a Dios y al prójimo, como Jesús nos manda.

Lecturas:

  1. Éxodo 22, 20-26: «Si explotan a viudas y huérfanos, se encenderá mi ira contra ustedes»
  2. Salmo 18 (17): «Yo te amo, Señor, Tú eres mi fortaleza»
  3. 1Tesalonisenses. 1, 5c-10: «Abandonaron los ídolos para servir a Dios y vivir aguardando la vuelta de su Hijo»
  4. San Mateo 22, 34-40: «Amarás al Señor tu Dios y a tu prójimo como a ti mismo»

El amor, la razón de todo

Todo empieza en la intimidad de Dios. Él decide comunicarse, compartir su vida y su felicidad. Por amor, no por necesidad alguna, crea los mundos. Ellos son fruto de su amor. Crea al hombre con el propósito inicial de que sea en ese mundo creado su imagen y semejanza. Lleva su amor hasta el extremo de entrar en el mundo del hombre, limitado y pobre, a través de la encarnación del Hijo. En ese momento, simplemente por amor, se la jugó toda por el hombre. La presencia de Jesús en ese momento allí en Jerusalén es la mejor prueba de la realidad del amor divino por el hombre.

Un solo amor en dos direcciones

Dios no quiere que tengamos dos amores distintos: uno para acercarnos a él, y otro, quizás más pequeño y mezquino, para llegarnos al prójimo. Cuando decimos que amamos a Dios, nuestro amor a El, encuentra en El a todos los hermanos y hermanas del mundo.

Todos están presentes en él y no podemos separarlos de él. Y Dios mismo ha querido sentirse amado por nosotros cuando amamos de veras al hermano. Así lo expresó Cristo al decirnos: Tuve hambre y me diste de comer. ¿Cuándo? Le pregunta el hombre, y Jesús le dice: Cuando lo hiciste con uno de esos hermanos míos insignificantes... Obras son amores, dice un refrán. Nuestro amor a Dios debe invadir la totalidad de nuestra vida, nuestro tiempo, nuestra actividad. En ese amor debemos encontrar también todos nuestros amores. Hacer que Dios, su querer y su voluntad, sea el centro de nuestra vida y nuestra preocupación. Lo hemos oído decir a nuestros mayores. Que sea lo que Dios quiera. Y no por mera resignación impotente sino como expresión de una adhesión amorosa a él. Dios quiere ocupar siempre el primer puesto en nuestro corazón. De ahí

deriva todo lo demás en nuestra vida.

Dios es el centro

Nos preguntamos al comienzo cuál es el punto central de nuestra fe y nuestra vida cristiana. Y decimos el mandamiento del amor. Pero no olvidemos que el verdadero punto central es Dios y el hombre en profunda relación. No existe de hecho el uno sin el otro.

Dios se ha querido comprometer con el hombre por generoso amor y por él ha hecho cosas grandes: la creación, la encarnación, la redención, el llamamiento a entrar para siempre en su misterio. Y el hombre no puede prescindir de Dios. Sin él su vida no alcanza

el verdadero sentido y la plena realización. Pero esa relación es de un intenso amor, amor de caridad que dice la Biblia. Y no es una relación de exclusividad entre Dios y el hombre como individuo. El hombre, todo hombre es inseparable de Dios. La pregunta que nos puede lanzar Dios al llegarnos a él es la que decía a Caín cuando mató a Abel: «Dónde está tu hermano». Hay tantas maneras de dar muerte al prójimo en el corazón: el desinterés, el olvido, la indiferencia, por ejemplo. Demos a nuestra presencia y acción en el mundo la inmensa dimensión del amor cristiano que es el amor de Dios actuante en nosotros.

Nuestro compromiso hoy

Y dejarnos amar del prójimo. Obramos quizás con un tanto de soberbia cuando ayudamos al prójimo, manifestándole protección y superioridad. Pero Jesús nos pide hacerlo silenciosamente y sin ostentación. Y cuando nos dejamos amar, mostramos que  también somos débiles y necesitados. Que abrimos la puerta para que el amor de Dios Padre nos visite a través de la preocupación y los detalles de nuestros hermanos. En la tarde de la vida seremos juzgados con la pregunta del amor. De la realidad de nuestro amor a Dios y nuestro amor al hermano. El Señor nos dé la gracia de ser aprobados. Empecemos desde hoy.

La justicia social

Es impresionante que se nos diga que los gritos de los pobres mal tratados suben hasta Dios mismo. Cuando humillamos a alguien, es a Dios mismo a quien humillamos. Lo que yo hago con ese forastero, o con este pobre del que me resulta fácil aprovecharme, lo estoy haciendo a Dios. Eso ya lo decía el AT, en este caso el libro del Éxodo. Pero nos lo ha dicho más concretamente todavía Jesús: «conmigo lo hicieron -o dejaron de hacerlo»-

Relación con la Eucaristía

Decimos que la Eucaristía de cada domingo es una celebración del amor de Dios y un alimento y exigencia de nuestro amor al prójimo. Procuremos que sea realmente así, para que toda nuestra vida esté más penetrada y guiada por el amor total a Dios, nuestro Padre, y por un eficaz amor al prójimo, nuestro hermano. Si fuere así, podemos estar contentos porque, como dice San Juan en su primera carta (3,14), «sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos»… El    amor que celebramos, nos impulsa a cambiar nosotros y al cambio de nuestro mundo y de nuestra sociedad..

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