La fe se muestra con las obras

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 28/08/2021 - 9:48am
Edicion
540
P. Héctor De los Ríos L.
 

VIDA NUEVA

 

Si los seres humanos se aman o se aprecian, estar juntos es un motivo de gozo y alegría. Por otra parte, la presencia de las personas con las que tenemos algo que ver, nos recuerda inevitablemente nuestro comportamiento con ellas. Lo mismo nos sucede con Dios. Ponernos en su presencia es confrontar nuestra vida con lo que le hemos prometido: nuestra fe con nuestras obras. - Esto es lo que vamos a hacer hoy, sintiendo, al mismo tiempo, la alegría de estar reunidos en su presencia. Pero tenemos que reconocer que uno de nuestros mayores pecados es la poca autenticidad de nuestra vida, la falta de consonancia entre lo que creemos y lo que hacemos. (Domingo 22 del tiempo ordinario)

LECTURAS:

Deuteronomio 4, 1-2.6-8: «Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente»

Salmo 15(14): «Señor, ¿quién puede hospedarse en tu casa?»

Carta de Santiago 1,17-18.21b-22.27: «Acepten dócilmente la Palabra»

San Marcos 7, 1-8.14-15.21-23: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí»

Obras son amores...

Lo que fundamentalmente no une a Dios es el amor. Primero, el amor de él para con nosotros: Nos eligió antes de crear el mundo para que fuéramos santos e irreprochables ante él por el amor (Ef 1, 4). Sin ese amor eficaz que nos previene nada de lo nuestro tiene explicación satisfactoria. Luego, como respuesta, nuestro amor a él agradecido, humilde, activo. Ese amor se reviste de muchos lenguajes. Son las manifestaciones que necesariamente conlleva. Lo decimos popularmente: Obras son amores. Dios se ha prodigado en muestras de amor al hombre. Basta recorrer la historia desde la creación. Llegó a su punto culminante en la encarnación. El Señor nos invita hoy a que hagamos una lectura personal de nuestra vida desde el amor de Dios. Identificarlo en rostros y palabras, en oportunidades y acontecimientos.

No sólo «persona correcta»

Estamos en un mundo laicizado que busca fundamentar su comportamiento, no en la fe sino en la razón. Esto lo lleva incluso a atentar contra la vida misma por ejemplo en el caso del aborto, basado no en el respeto a la vida, sino en pretendida libertad de la mujer. Busca hacer del hombre simplemente una persona correcta en su conducta mientras que la moral basada en la fe se propone hacer un hijo de Dios, inserto en una gran familia, la de todos los hijos de Dios. Necesitamos rescatar el valor fundamental de los mandamientos como expresiones del amor de Dios y de su preocupación por el verdadero desarrollo de la persona humana. Inspirarnos en Dios y tenerlo por fuente iluminada de todo comportamiento en nuestra relación con Dios, con el hermano, con la naturaleza, y en nuestro aprecio por el hijo de Dios que hay en nosotros y en cada hermano. Daremos así a nuestro obrar la solidez inquebrantable de lo divino, en vez de basarnos en cambiantes interpretaciones de filósofos, políticos o juristas.

Esos mandamientos nos están dados para entrar en diálogo constructivo con los demás para cimentar el mundo que Dios quiere y como él nos lo ha revelado. Amar a Dios y al prójimo construye la ciudad digna del hombre que Dios ha destinado para sus hijos amados

Revisar nuestra conducta

Es en la actitud injusta, en la opción profunda e interna de nuestro corazón, donde se encuentra la raíz de nuestras malas obras. Lo externo periférico no lo dice todo. Si hemos optado por el amor, buscaremos el amor en nuestras obras. Si nos hemos decidido por el egoísmo, nuestras obras serán su reflejo. El mundo no deja de tener razón cuando nos acusa y condena. También Dios habla por sus juicios. El cristiano sabe que dentro de él siempre hay un fariseo escondido o manifiesto, contra el que es preciso luchar siempre. Y la única posibilidad de hacerlo, es ser plenamente fiel a la voluntad de Dios, viviendo en sus obras el compromiso permanente de una fe sin cortes ni espacios. Dios no nos abandona. El, como su Palabra, permanecen siempre como manifestación auténtica de su presencia y voluntad. Creer en Dios no es sólo escuchar esta Palabra, sino cumplirla y manifestar sus frutos en las obras. En este terreno no cabe ambigüedad. Las obras que hemos de hacer están claras: atender al huérfano y a la viuda; ser justos. El culto puramente externo, el ritualismo, el aferramiento a unas tradiciones, la discusión entre lo permitido y prohibido, puede llevarnos a olvidar lo fundamental, al fariseísmo. El amor, la actitud que se demuestra en obras, serán siempre el principio máximo de nuestra vida.

¿A QUÉ NOS COMPROMETE la PALABRA?

La tentación constante de los judíos fue el camuflaje de la Palabra, el ocultamiento de su verdad más radical, a costa de acentuar unas costumbres y unas leyes rituales, centradas en lo externo: el contacto físico con animales o cosas impuras causa la impureza, el apartamiento de Dios ... La importancia dada a lo accidental externo se convirtió para ellos en obstáculo para vivir y comprometerse con lo fundamental interno. Por eso los profetas atacan aquel principio, insistiendo en la sinceridad del corazón  ..)Jesús se encuentra con aquella mentalidad encarnada en los fariseos, que son los que se plantean las cuestiones legal-rituales. Y su actitud es semejante a la de los Profetas. Superó lo accidental ritualista de la tradición actuando libremente ante estas normas.  Los acusa de hipocresía por fijarse en lo externo, y les dice que su culto es vacío, porque no hacen más que quedarse en normas humanas, falsamente atribuidas a Dios. Entretanto olvidan lo fundamental, que es el amor al prójimo, propuesto por Jesús como básico principio de comportamiento.

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