La Humanidad plenamente realizada

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 31/10/2020 - 12:31pm
Edicion
497
P. Héctor De los Rios L.
 

VIDA NUEVA

FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

La solemnidad de Todos los Santos no sólo nos hace recordar a aquéllos y aquéllas que han sido inscritos por la Iglesia en la lista de santos y santas. Está bien hacerlo y ellos son intercesores nuestros. Pero esta solemnidad sobre todo nos recuerda que cuantos hemos entrado por el Bautismo en el misterio de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo estamos llamados a ser santos.

¿Qué es la santidad? Es pregunta elemental que nos debemos hacer. La liturgia de la Palabra de este día nos encamina a una respuesta.

LECTURAS:

  1. Apocalipsis 7, 2-4.9-14: «Estos son los que vienen de la tribulación: han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero»
  2. Salmo 24(23): «Este es el grupo que busca al Señor»
  3. 1Juan 3, 1-3: «Qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios»
  4. San Mateo 5, 1-12: «Bienaventurados los pobres de espíritu»

Una «Cultura de santidad»

Hoy más que nunca el mundo necesita una «cultura de santidad». El Concilio, subrayando la vocación universal a la santidad, dijo palabras en cierto modo nuevas. Dijo que «todos los fieles, de cualquier estado o grado, están llamados a la plenitud de vida cristiana y a la perfección de la caridad». Se trata de una santidad luminosa y transparente, capaz de dejar intuir el rostro de Cristo en el que se refleja la gloria de Dios.

Si pensamos en la vida de los Santos que más conocemos, los vemos precisamente como nos los describe el Evangelio de hoy: pobres en espíritu, mansos, sedientos de justicia, misericordiosos, puros de corazón, perseguidos por causa del Evangelio, y precisamente por esto todos operadores de paz. Francisco, Catalina de Sena, Ambrosio, Carlos Borromeo, Vicente de Paúl, Teresa de Calcuta, Laura Montoya, Juan XXIII, Juan Pablo II, Pablo VI, Oscar Arnulfo Romero, Martín de Porres, Rosa de Lima, Carlo, Mariano Euse, ¿no hicieron acaso la historia del tiempo en el que vivieron? ¿Acaso no hicieron crecer a su alrededor el sentido y la búsqueda de la verdadera paz? ¿No renovaron en ellos al mundo con su caridad?

Los Santos son personas felices

Los Santos son personas felices, son personas que encontraron su verdadero centro, hombres que lograron la conversión del tener al ser y del ser al dar: por esto fueron y son felices. Al celebrar su fiesta se nos invita a participar, en la fe, de su experiencia de alegría. La santidad, esta única forma que tiene el mundo para vencer la tristeza, se nos presenta no como sueño inalcanzable, sino como la meta realística a la que se llama a toda persona por medio del Bautismo.

Un crítico contemporáneo, comentando una reedición de antiguas y famosas vidas de los Santos (entre ellas la de Antonio, de Ambrosio, de Agustín) dice que la primera cualidad que se señala en la vida de los santos es una forma de gran felicidad, de sereno y total abandono, de serena y total confianza en el designio que la vida, bajando de las manos de Dios, pone sobre los senderos y sobre los caminos del hombre.

La santidad es nuestra llamada, es una llamada que se refiere a cada uno de nosotros, como afirmó el Concilio Vaticano II: «Uno es el pueblo elegido de Dios, común es la dignidad de los miembros, común la gracia de los hijos, común la vocación a la perfección», es decir, la llamada de todos nosotros a la santidad.

Ser felices hoy

Encontramos tanta gente triste en nuestras calles, a pesar de los lujos y las comodidades, lo cual significa que la felicidad ha sido sustituida por el placer, el confort, la vida fácil, el enriquecimiento ilícito, la comodidad, el bienestar simplemente material. El Evangelio, en las bienaventuranzas, indica otro camino, no muy apetecible aparentemente, pero que es el único eficaz y verdadero. El evangelio dice exactamente lo contrario de lo que afirma la sociedad en la que vivimos. En la sociedad el pobre es considerado un infeliz, y es feliz quien posee dinero y puede gastar a su antojo. En nuestra sociedad es feliz quien tiene fama y poder. Los infelices son los pobres, aquéllos que lloran. En televisión, las telenovelas divulgan el mito de las personas felices y realizadas. Y sin darse cuenta, las telenovelas se convierten en patrones de vida para muchos de nosotros. Estas palabras de Jesús todavía tienen sentido en nuestra sociedad: «¡Bienaventurados los pobres!». Cuando te sientas rico, avaricioso, consumista, lee las bienaventuranzas.

Cuando te sientas orgulloso, vanidoso, engreído, lee las bienaventuranzas. -  Cuando te sientas hedonista, lee las Bienaventuranzas. - Cuando te sientas insolidario y satisfecho, lee las bienaventuranzas.- Cuando te sientas frío, duro y egoísta, lee las bienaventuranzas. - Cuando te sientas sucio y manchado, lee las bienaventuranzas.- Cuando te sientas violento y vengativo, lee las bienaventuranzas. - Cuando te sientas tirano y opresor, lee las bienaventuranzas. - Cuando te sientas tentado por todos los demonios del siglo, lee las bienaventuranzas. - Cuando te sientas débil, triste, deprimido, desesperado, lee las bienaventuranzas.

La alternativa que se nos presenta es optar entre dos caminos: -  o tratar de asegurar nuestra pequeña felicidad y sufrir lo menos posible, sin amar, sin tener misericordia, sin compartir con nadie, sin compasión de nadie... - - o amar, buscar la justicia, la reconciliación, estar cerca del que sufre y aceptar el sufrimiento que sea necesario, creyendo u optando por una felicidad más profunda.

En definitiva, la «bienaventuranza» es una sola: ¡el Reino!, es decir, ¡Dios!.

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