Pornomiseria y gore style: la eterna repetición del cine colombiano

Por Visitante (no verificado) el Sáb, 31/12/2011 - 7:38pm

 

La sombra del caminanteMe encontraba muy impresionado con el estreno de “La sombra del caminante”. Como es costumbre, primero vi un tráiler de la película. Recuerdo que una imagen me impactó inmediatamente. Fue, cómo no, la del ciego con gafas de piloto que cargaba gente en la espalda. No por el hecho de que llevara gente en el espinazo, historia que, al igual que confesó Ciro Guerra tiempo después del estreno, ya había leído en una crónica de El Espectador sobre un tipo en la costa atlántica que cargaba pasajeros por los Montes de María. No fue eso, ese cuento ya me lo sabía. Fue la construcción visual arriesgada y compleja que vi en el personaje. La semántica de los componentes de su indumentaria, el significado inacabable que cada cual, desde su abismo de prejuicios, le podía dar a cada artilugio y prenda que llevaba encima.

Me puse a pensar en cuántos personajes de este talente había visto den el cine nacional. Un personaje construido con maña, pensado, de manufactura inteligente a la hora de escribirlo. Era eso, era un personaje que había sido escrito, no calcado de algún conocido. Vi toda la maniobra mental que usó el director. La transposición de varias personalidades sobre un oficio rarísimo sacado de una crónica del absurdo, la inclusión de unos elemento visuales para vestirlo que insinuaran singularidad desde la primera observación. Entendí, por supuesto, el gancho estético que esto significaba, los altos niveles de recordación que una pinta como éstas provocaba.

Fue curioso presenciar el ejercicio: Hacerle sentir al espectador, cuando se realice un largometraje, que se puede salir impresionado de una sala sin necesidad de disparar un arma. Que la totalidad de las escenas bien logradas de la historia no representen el estereotipo de lo que vive una persona metida en problemas en Colombia. Es decir, hay factores diferentes al narcotráfico, la violencia de los grupos armados y la corrupción de la clase política, que hacen que un colombiano promedio, trabajador de 8 horas diarias, se acueste preocupado.

Siento que estas estéticas y problemas reales de miles colombianos merecen un espacio dentro del cine nacional. Unas maneras que vayan más allá de construir personajes estúpidos, que representen a los colombianos como bestias chabacanas, o caleños alegrones, sino como individuos con un poder mental notable. ¿Esto representaría el sumun del espíritu caleño, vallecaucano, nacional? No, seguramente. El asunto es que una propuesta de nación o una invitación a la reflexión colectiva no debe pasar necesariamente por un estudio fotográfico híper-realista de la llaga que se ulcera en estómago de la república.

El cine ya nos mostró como éramos, ahora es tiempo de mostrarnos cómo queremos ser, cómo podríamos ser. Sin duda alguna, lo anterior no significa que una película será el epítome de un discurso seudo positivista, tipo Gonzalo Gallo, sino una versión calculada de lo que podría llegar  a ser, según lo que somos ahora, el estereotipo del caleño.

Decididamente, como individuos,  tenemos problemas íntimos que pueden afectarnos mucho más que una tragedia nacional o la violencia urbana o rural. Son más los que se deprimen por un despido o una rebaja de sueldo que por un secuestro. Ambos problemas son dignos de llevar al cine, como registro de nuestro tiempo. El conflicto armado ya ha ido copando las salas, con algunos resultados exitosos. Pero siento que el medio ambiente laboral y los problemas personales que esto incluye están en deuda. Alguien, en algún municipio, en nombre de toda una generación, se hará cargo de la observación y relatoría de eso sector de nuestra psiquis nacional. Alguien que se atreva a hablar de esas dos horas que siguen después de que un trabajador llega a su casa y se duerme. Mostrar esas escenas, en varios personajes, como una especie de homenaje al cine naturalista. El ciudadano que se acuesta temprano, sabiendo que al despertar repetirá el día que acaba de pasar. Pero en la oficina, al otro día, empieza la vida, así como es. Escenas donde se prefieran construcciones argumentales a varias bandas, con intromisiones de personajes secundarios, tramas paralelas, ejecutadas con suma rapidez en el guión, que no dejen respirar bien.

Un experimento narrativo que arroje resultados más allá de la condolencia de las decadentes escuelas de cine europeas, que no pueden disimular una erección cada vez que les damos el placer de mostrarles nuestro peor ángulo, nuestra nariz chata, el niño con sarpullido que todos llevamos colgado en la espalda y que les hace sentir que la crisis económica y el envejecimiento irreversible de su población no son problemas comparados con nuestra naturaleza desnutrida y cretina.

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