El acróbata que cae muerto no recibe aplausos

Por Visitante (no verificado) el Sáb, 11/02/2012 - 6:29pm

AcrobataEl acróbata cae después de dar tres vueltas en el aire. Se inclina sobre las dos señoras que han estado viéndolo y sonríe. Tiene los dientes separados y amarillos, yo pienso que parecen granos de maíz, pero en vez de morirme del asco siento hambre. Desciende de la plataforma con un salto de gato, y estira su mano hacia mí, cuando me dispongo a estrecharla me agarra por el hombro y me dice que me parezco a su hermano.

- Tiene los mismos ojos – me dice – y mire, mi hermano es un tipo durísimo.
- ¿Y qué pasó con él? – le pregunto, sin saber si lo que me acaba de decir fue un cumplido  o simple nostalgia.
- A los diecisiete embarazó a una vecina. No respondió. Ahora vive con una tía en Bogotá, trabaja en Telecom, es tele-operador.
- Ah, qué bueno – Le respondo como si me alegrara por él.
- No, no es bueno, mi papá no quiere ni verlo, es algo así como la vergüenza de la familia. Por eso se fue para Bogotá, hace mucho no sabemos del hombre.
- Ah, ¿y hace cuánto está allá?
- No sé, no me acuerdo, ¿quiere sentarse?
- Bueno, gracias.

La carpa es pequeña y deja entrar mucha luz, yo creo que por lo vieja que está. Aun así no se ve pobre, es de colores, azul y rojo. Estoy en una de las dos carpas adyacentes, la principal, no mucho más grande, está llena de público y de tanto en tanto escucho gritos de asombro y aplausos.

- Aquí nos podemos hacer – Me dice el acróbata, que se llama Hugo, Hugo Paredes Blanco. Le dicen Baco, no sabe por qué; no sabe o le da pena decirme.
Hugo es un tipo que vive por mi barrio, es hijo de la señora que arregla ropa, amiga de mi mamá. Ella fue la que me dio el teléfono por el que acordamos esta cita. Trabaja hace tres años en este circo y ha estado de gira por varios países de Sudamérica. No conoce a su padre y sin embargo disfruta de los días anaranjados, ama el billar a tres bandas y que le inviten un trago cuando no tiene con que pagarlo. Parece un buen hombre, aburrido, pero buen hombre.
- ¿Por qué está en esto?
- No tenía trabajo y salió esto, no es más
- ¿No te gusta lo que hacés?
- No.
- ¿Por qué?
- Porque es aburrido.
- ¿Es aburrido arrojarse al vacío?
- Sí es aburrido, ver toda esa gente abajo, con la boca abierta. Imagine cientos de calzas, caries y residuos hediondos de comida debajo de usted, como fauces que se lo tragarían si cayera. Al comienzo es gracioso y emocionante, después produce daño de estómago y finalmente aburre.
- ¿A lo bien?
- Sí, aburre, esto aburre mucho.
– Se levanta y me dice que se acto va a comenzar; le pregunto si puedo acompañarlo y me dice que sí con la cabeza, luego me aclara que me debo sentar con el público. Lo sigo por un pasaje que comunica ambas carpas y que va a desembocar en una especie de camerino, donde dos negros macizos sostienen una gigantesca olla de cobre. También hay otros sentados esperando su turno de entrar. Hugo se quita los pantalones y la camisa delante mío, como si yo no estuviera ahí y se pone un traje ajustado, dorado y rojo, y se pierde por una salida lateral. Por mi lado pasa gente rara y peluda o enana y calva, murmurando cosas o hablando por celular, y yo siento que debo moverme rápido o voy a verme envuelto en algún salto triple mortal.  Mientras busco como llegar a las sillas pienso en que toda la gente que trabaja en un circo llegó por accidente y jamás pudo escapar. Al final llego al corredor que conduce al espectáculo principal.
Bombillos rojos a la derecha.
Bombillos azules a la izquierda.
Bombillos como burbujas de luz, atrapadas en el instante en que las miro por mis ojos, hinchados también de luz, que son burbujas de carne.
Bombillos amarillos arriba, y abajo, como el piso, aserrín y heces de elefante y de perro.

Me siento y un payaso vestido como torero francés anuncia el acto de los cóndores de acero, o sea, el acto de Hugo. Un gordo que está cerca regaña al hijo por comer tanto. Plop. Veo a Hugo salir al escenario recibir un aplauso respetuoso de público, aunque aun no ha hecho nada. Su compañero ya está arriba, en la plataforma. Hugo se detiene a mitad de camino y se pone una mano en la cintura, y con un gesto afeminado busca algo entre en las gradas, creo que a mí, o su mamá o al diablo. Luego lo veo colocar un pie en la escalinata que lo llevará a la plataforma. El desgano, que se le come el alma, se le nota tal punto que me empieza a dar sueño. Poco a poco asciende y después de mucho llega a la plataforma. Noto que su actitud se transforma y se yergue como un bastón de mando. Respira hondo. Su compañero, en la plataforma del frente le hace una seña con la cabeza y le arroja el trapecio. Entonces Hugo levanta su pie, y dando  muestras de infinita pereza y falta de amor por su oficio y su raza se lanza al vacío sin intentar siquiera agarrar el trapecio que le fue arrojado del otro lado. La gente lo ver caer hacia la malla como si estuviera muerto y algunos incluso abren sus brazos y se inclinan hacia delante tratando de atraparlo. Hugo queda extendido en la malla y no se mueve por un buen rato.

La gente no dice nada, el payaso del altavoz tampoco. Yo me saco un moco y lo encuentro demasiado obsceno. El señor pancetas al lado mío estornuda y rompe el equilibrio natural de ese bello silencio. Hugo, después de largo rato, se baja de la malla y entra a bastidores, caminando despacio, como acordándose de viejos amigos y de mejores tiempos. La gente finalmente comprende y abuchea. El payaso no sabe qué hacer y el altavoz amplifica demasiado y chilla, como un pichón de buitre; todos nos tapamos los oídos y maldecimos con palabras de seis, siete y nueve letras. Me levanto de la silla y corro a los bastidores a buscarlo. Me demoro en llegar porque los espacios entre las silleterias son muy angostos.

Cuando entro alguien lo está regañando, el fuma y mira hacia otro lado, sonríe a veces y otras simplemente parece pensando en otra cosa. Yo no me aproximo porque me parece incómodo. Cuando el tipo que lo regaña se aleja yo me acerco.

- ¿Te echaron?
- No, ojalá.
- ¿No te gusta el circo?
- No, es una mierda.
- ¿Y qué vas a hacer?
- Quiero volver a mi casa de antes y conseguir trabajo en construcción o algo así.
- Pero ese trabajo es muy duro.
- Sí tenés razón, me aburriría también – Se para y se va sin despedirse. Yo me quedo ahí, solo, pensando en lo divertido que sería tener un trabajo así pero que con el tiempo termina uno por aburrirse de todo. Luego pienso que de todas formas soy joven y tengo muchos años por delante para aburrirme y que aburrirse es de alguna forma un arte. Pero estoy en un circo y no es lugar para aburrirse, así que salgo a las gradas otra vez y me siento a ver lo que queda de la función. Los dos negros que vi anteriormente salen a la arena con la olla de cobre, pesa tanto que casi tienen que arrastrarla. Me pregunto que harán con ella. Tal vez algo aburrido. Esa idea me anima. Me recuesto en mi silla y me dispongo a disfrutar del espectáculo. 

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